¡Quién lo hubiera imaginado! El Rey poseía todo cuanto un hombre pudiera desear: poder, riqueza, prestigio. Su influencia era tal que incluso se permitía obtener lo que no le correspondía. Un día, en lugar de atender los asuntos del reino, decidió tomarse un descanso. Encendió su dispositivo móvil y comenzó a navegar sin rumbo por las redes sociales. De pronto, una ventana emergente apareció en la pantalla. Era imposible ignorar aquella publicidad tan sugestiva. Movido por la curiosidad, hizo clic en “Play”. El video comenzó a correr, y con él, su imaginación. Lo que inició como una distracción se convirtió en una chispa de deseo. Los muros de su moral se derrumbaron. El Rey, seducido por la imagen de aquella mujer, decidió contactarla. Le envió un mensaje, expresando su interés en conocerla, e incluso la invitó al palacio. La mujer, ingenua y sorprendida, aceptó la cita. Lo que siguió fue una conquista impulsada por el deseo. El Rey, cegado por el placer, logró su cometido...
Un vehículo de servicio público recorría su ruta matutina de norte a sur de la ciudad, transportando a una diversidad de pasajeros: amas de casa, estudiantes y trabajadores. De repente, el autobús se detuvo, y un silencio sepulcral inundó el ambiente. Minutos después, todas las miradas se posaron sobre el conductor, quien intentaba, con evidente esfuerzo, poner en marcha el vehículo. Sin embargo, todos sus intentos fueron en vano: el autobús se negó a seguir su recorrido. Con incertidumbre, el conductor se levantó y, dirigiéndose a los pasajeros, pronunció con resignación: “Nos varamos”. Como era de esperarse, la conmoción no tardó en apoderarse del autobús. Unos reclamaban que perderían su cita, otros criticaban el servicio, y cada persona asumía un rol en ese incómodo momento. Fue entonces cuando se hicieron evidentes tres tipos de pasajeros. Algunos, resignados, se acomodaron en sus asientos, recostaron la cabeza en el vidrio y esperaron pacientemente a que la solución llegara. ...