¡Quién lo hubiera imaginado!
El Rey poseía todo cuanto un hombre pudiera desear: poder, riqueza, prestigio. Su influencia era tal que incluso se permitía obtener lo que no le correspondía. Un día, en lugar de atender los asuntos del reino, decidió tomarse un descanso. Encendió su dispositivo móvil y comenzó a navegar sin rumbo por las redes sociales. De pronto, una ventana emergente apareció en la pantalla. Era imposible ignorar aquella publicidad tan sugestiva.
Movido por la curiosidad, hizo clic en “Play”. El video comenzó a correr, y con él, su imaginación. Lo que inició como una distracción se convirtió en una chispa de deseo. Los muros de su moral se derrumbaron. El Rey, seducido por la imagen de aquella mujer, decidió contactarla. Le envió un mensaje, expresando su interés en conocerla, e incluso la invitó al palacio.
La mujer, ingenua y sorprendida, aceptó la cita. Lo que siguió fue una conquista impulsada por el deseo. El Rey, cegado por el placer, logró su cometido. Pensó que sería solo un momento pasajero, un juego sin consecuencias. Pero el tiempo, como siempre, reveló la verdad.
Los días pasaron, y los síntomas no tardaron en aparecer. El Rey sería padre… de un hijo no deseado. La situación se tornó crítica. Para colmo, la mujer resultó ser esposa de uno de sus más leales militares. El Rey, en un intento por encubrir su error, le otorgó una licencia especial. Pero el soldado, íntegro y firme, la rechazó.
Sin otra salida, el Rey tomó una decisión drástica: envió al militar al frente de batalla, donde perdió la vida. Pensó que el problema estaba resuelto. Formalizó su relación con la mujer, contrajo matrimonio y aparentó normalidad. El Estado parecía a salvo. Su reputación, intacta.
Pero los deseos lujuriosos son la peor compañía para un hombre ocioso. El Rey había abandonado sus deberes por trivialidades. La tentación lo esperaba… y él cayó.
Reflexión
Esta historia, tomada de la vida real, (EL Rey David) Nos recuerda cuán frágil puede ser el corazón humano cuando se aparta de lo esencial. No todo lo que brilla en la pantalla merece nuestra atención. Mantén tu mirada firme en lo que realmente importa. No hagas clic en lo que sabes que puede contaminar tu mente y tu corazón.
Tal vez, como este Rey, has visto tu reino desmoronarse por una mala decisión. Pero aún hay esperanza. Acércate a Dios. Reconoce tu culpa. Pídele perdón. Y de Su mano, sigue adelante. No vivas para agradar tus impulsos, vive para agradar al verdadero Rey: Dios.
Por Josué Aya
#ElPasDanny
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