El juez se prepara para dictar sentencia. Todas las pruebas están en contra del acusado; no hay escapatoria, ni siquiera la opción de pagar una fianza.
—Señor Fiscal, exponga sus
argumentos —ordena el juez.
El acusado, con una mirada perpleja, observa cómo el fiscal se levanta y, con firmeza, comienza su relato.
—Su Señoría, procederé a relatar
los hechos —declara el fiscal—. El acusado fue encontrado infraganti, con la
evidencia del delito aún en sus manos. Además, en el lugar de su captura se
hallaron pruebas adicionales que lo incriminan aún más.
Acuso a este hombre de haber
cometido el crimen con plena conciencia y premeditación. No solo las pruebas
físicas lo condenan, sino también el testimonio de las víctimas, quienes al
regresar a su hogar se encontraron con la escena macabra.
El juez, el acusado y los
asistentes escuchan en silencio la exposición del fiscal. Su argumentación es
irrefutable. No hay nada más que agregar. El veredicto es inevitable.
El juez se incorpora solemnemente,
fija su mirada en el acusado y dicta sentencia con voz implacable:
—Señor acusado, por sus crímenes,
es declarado culpable y condenado a muerte sin beneficio alguno.
Un silencio sepulcral invade la
sala. De repente, ocurre algo inesperado. Un murmullo recorre el recinto cuando,
entre los asistentes surge un personaje misterioso. Con paso decidido,
interrumpe el juicio y pronuncia palabras que nadie podría haber imaginado:
—Que la culpa del acusado recaiga
sobre mí.
El asombro se apodera de la
sala. Un inocente se ofrece para tomar el lugar del condenado. Sin negociar,
sin exigir nada a cambio, asume la pena y paga con su propia vida la deuda del Reo de muerte.
La sentencia estaba dictada. La
justicia exigía la muerte. Y así fue. Pero no la del culpable, sino la del
sustituto.
Por primera vez en la historia
judicial, un veredicto se transformó en un acto de gracia incomprensible.
Tú y yo somos ese Reo. Fuimos
hallados culpables, condenados por nuestro pecado. La justicia divina exigía
que enfrentáramos el castigo, que pagáramos con nuestra propia vida la deuda
que no podíamos saldar.
Pero lo impensable ocurrió. Jesús, el único verdaderamente justo, tomó sobre sí cada uno de nuestros pecados. Voluntariamente cargó con nuestra culpa, llevando nuestro juicio sobre su cuerpo.
Ante el tribunal celestial, no ofreció defensa ni excusas; en su amor infinito, aceptó la sentencia que nos correspondía y fue hasta la muerte y muerte de cruz, como lo narro San Pablo.
Allí, en la hora más oscura,
recibió el castigo que era nuestro. Con su propia sangre firmó el pago total de
nuestra deuda, redimiéndonos de la condena que pesaba sobre nosotros.
Este acto de gracia trasciende toda
lógica humana. Es el más sublime e insondable regalo jamás ofrecido a un
mortal. No fue solo un intercambio legal, sino una demostración del amor divino
en su máxima expresión.
Ante esta verdad, podemos, de manera voluntaria, responder con gozo y satisfactoriamente al llamado que Cristo nos hace por medio del evangelio. Esto implica cumplir sus dos exigencias fundamentales: primero, en nuestra relación con Dios, debemos arrepentirnos de nuestro pecado; segundo, en nuestra relación con Cristo, debemos confiar plenamente en su poder para salvarnos."
Paráfrasis tomada del relato bíblico de la redención.
Adaptada por Josué D. Aya
#ElPasDanny
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