¡Quién lo hubiera imaginado! El Rey poseía todo cuanto un hombre pudiera desear: poder, riqueza, prestigio. Su influencia era tal que incluso se permitía obtener lo que no le correspondía. Un día, en lugar de atender los asuntos del reino, decidió tomarse un descanso. Encendió su dispositivo móvil y comenzó a navegar sin rumbo por las redes sociales. De pronto, una ventana emergente apareció en la pantalla. Era imposible ignorar aquella publicidad tan sugestiva. Movido por la curiosidad, hizo clic en “Play”. El video comenzó a correr, y con él, su imaginación. Lo que inició como una distracción se convirtió en una chispa de deseo. Los muros de su moral se derrumbaron. El Rey, seducido por la imagen de aquella mujer, decidió contactarla. Le envió un mensaje, expresando su interés en conocerla, e incluso la invitó al palacio. La mujer, ingenua y sorprendida, aceptó la cita. Lo que siguió fue una conquista impulsada por el deseo. El Rey, cegado por el placer, logró su cometido...